
Tres preguntas para pasar del hacer al lograr
Por DEA Gilbert Aubert
Vivimos en una época en la que estar ocupado parece haberse convertido en sinónimo de ser productivo. Llenamos nuestras agendas de reuniones, respondemos decenas de correos, atendemos múltiples responsabilidades y, al finalizar el día, sentimos que trabajamos mucho… pero no siempre avanzamos hacia lo que realmente importa.
Como Coach Ejecutivo, he comprobado que una de las mayores diferencias entre quienes alcanzan resultados extraordinarios y quienes permanecen atrapados en la rutina no está en cuánto hacen, sino en dónde enfocan su atención.
Hace algún tiempo conocí un método propuesto por Tony Robbins, reconocido estratega y experto en desarrollo personal. Su planteamiento es tan simple como poderoso: formularse tres preguntas que ayudan al cerebro a dejar de pensar únicamente en las actividades para concentrarse en los resultados.
Desde entonces, las incorporé como una práctica de Autocoaching, tanto en mi desarrollo personal como en los procesos de Coaching Ejecutivo que realizo con gerentes, directores y líderes.
- ¿Cuál es el resultado específico que estoy comprometido a lograr?
Toda transformación comienza con una meta clara.
No basta con decir: “quiero mejorar”, “quiero crecer” o “quiero vender más”. El cerebro responde mucho mejor cuando tiene un destino específico.
Pregúntese:
- ¿Cuál es el resultado concreto que quiero alcanzar?
- ¿Qué quiero conseguir exactamente?
- ¿Cómo sabré que lo he logrado?
- ¿Qué impacto tendrá ese resultado?
La claridad orienta las decisiones, facilita la priorización y evita dispersar la energía en actividades que aportan poco valor.
- ¿Por qué debe suceder esto? ¿Cuál es mi propósito?
Los objetivos dan dirección; el propósito aporta la energía para alcanzarlos.
Cuando comprendemos por qué una meta es realmente importante, aumenta nuestro compromiso y nuestra capacidad para perseverar, incluso frente a las dificultades.
Pregúntese:
- ¿Por qué este objetivo es importante para mí?
- ¿Qué impacto tendrá en mi vida o en mi organización?
- ¿Qué cambiará si lo alcanzo?
- ¿Qué ocurrirá si no lo logro?
- ¿Qué valores representa?
Las respuestas conectan el objetivo con aquello que realmente nos mueve. El propósito se convierte en el motor que sostiene el esfuerzo cuando aparecen los desafíos.
- ¿Cuál es mi plan de acción para hacerlo realidad?
Las buenas intenciones solo producen resultados cuando se traducen en acciones.
No se trata de elaborar listas interminables de tareas, sino de identificar aquellas acciones que realmente generan impacto.
Pregúntese:
- ¿Cuál es el siguiente paso más importante?
- ¿Cuáles son las tres acciones que generarán mayor valor?
- ¿Qué haré hoy para acercarme a ese resultado?
- ¿Qué recursos necesito?
- ¿Cuándo comenzaré?
Un buen plan no busca hacer más cosas, sino hacer las cosas correctas. La diferencia entre una intención y un logro siempre será la ejecución.
Del activismo a los resultados
Con frecuencia confundimos productividad con actividad. Sin embargo, una agenda llena no garantiza avances significativos.
Estas tres preguntas tienen el poder de cambiar ese enfoque. Nos ayudan a dejar de reaccionar ante las urgencias y comenzar a actuar con intención, claridad y propósito.
En mis procesos de Coaching Ejecutivo suelo recordar a los Talentos una idea que resume esta filosofía:
Las actividades llenan la agenda; los resultados construyen el futuro.
Le invito a dedicar cinco minutos al inicio de cada jornada para responder estas tres preguntas. Es un ejercicio sencillo de Autocoaching que puede transformar la manera en que dirige su trabajo, lidera a su equipo y toma decisiones.
Porque, al final, el éxito no depende de hacer más cosas. Depende de hacer aquellas que realmente lo acercan a los resultados que desea alcanzar.
Reflexión:
“La calidad de nuestra vida y de cómo lideramos está determinada por la calidad de las preguntas que nos hacemos. Cuando dejamos de enfocarnos en el hacer y comenzamos a enfocarnos en los resultados, nuestras decisiones cambian… y con ellas, nuestro futuro.”




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